domingo, 28 de septiembre de 2008

Bebop, desolación y una belleza morena

Efectos de la droga en ciertas tardes lúgubres en el cuarto de Julien, y Julien que seguía sentado sin prestarle la menor atención, contemplando fríamente el vacío gris polilla moviéndose sólo de vez en cuando para cerrar la ventana o modificar el cruce de las piernas, los ojos fijos y abiertos en una meditación tan larga y tan misteriosa y como digo tan de Cristo realmente, tan exteriormente de cordero, que era suficiente para enloquecer a cualquiera, decía yo, vivir allí aunque fuera un solo día con Julien o con Wallenstein (otro del mismo tipo) o Mike Murphy (otro del mismo tipo), los subterráneos con sus lúgubres meditaciones perdurables. Y la muchacha en ese momento dócil, esperando en un rincón oscuro, como yo bien recordaba la vez que estaba en Big Sur y Victor llegó con su motocicleta literalmente hecha en casa, y con la pequeña Dorie Kiehl, había una fiesta en la casita de campo de Patsy, cerveza, velas, radio, conversación, y sin embargo durante la primera hora los recién llegados, con sus cómicas ropas andrajosas, y él con esa barba y ella con esos ojos serios y sombríos, se habían quedado sentados prácticamente escondidos detrás de las sombras de las velas, de modo que nadie pudiera verlos, y como no decían tampoco absolutamente nada sino sencillamente (cuando no escuchaban) meditaban, fruncían el ceño, subsistían, finalmente hasta yo me olvidé de su presencia; y esa misma noche, más tarde, durmieron en una caseta para perros en el campo bajo el vacío neblinoso de la Noche Estrellada de la costa del Pacífico, y con el mismo humilde silencio no hicieron ningún comentario por la mañana. Victor, siempre en mi recuerdo, el máximo exagerador de las tendencias al silencio de la generación de los hipsters subterráneos, el misterio bohemio, las drogas, la barba, la semisantidad y, como pude descubrir después, la insuperable mala educación (como George Sanders en La luna y seis peniques); del mismo modo Mardou, una muchacha sana por derecho propio y proveniente del aire libre y abierto dispuesta al amor, se escondía ahora en un rincón mohoso esperando que Julien le hablara. De vez en cuando en medio del «incesto» general, astuta y silenciosamente, mediante algún acuerdo de las partes o maniobras secretas de estado, se la habían cambiado de manos, o sencillamente, lo más probable, habían dicho: «Oye, Ross, llévate a Mardou contigo esta noche, quisiera acostarme con Rita para variar», y había debido quedarse en casa de Ross durante una semana, fumando las cenizas volcánicas, perdiendo la razón (con el agregado de la tensa ansiedad de una incorrecta actividad sexual, ya que las eyaculaciones prematuras de esos anémicos maquereaux la dejaban en suspenso, presa de la tensión y del asombro). «Yo era apenas una muchachita inocente cuando los conocí, independiente y en cierto modo, bueno, no feliz ni nada por el estilo, pero con la impresión de que algo debía hacer; quería ir a una escuela nocturna, no me faltaba trabajo, podía encuadernar en la casa de Olstad y en algunos pequeños establecimientos allá en Harrison; la maestra de arte, pobrecita, me decía en la escuela que yo podía llegar a ser una gran escultora y en ese entonces vivía con otras compañeras y me compraba la ropa que me hacía falta y en general me las arreglaba bastante bien» (chupándome el labio, y ese breve «cuk» de la garganta al tragar aire rápidamente con melancolía, como resfriada, como se oye en las gargantas de los grandes bebedores, pero ella no es una bebedora sino una que se entristece a sí misma) (suprema, oscura) (enroscando mejor un brazo cálido alrededor de mi cuerpo) «y él allí tendido diciendo ¿qué pasa? y no consigo entenderlo...» No puedo comprender de pronto lo que ha ocurrido porque ha perdido la razón, el reconocimiento cotidiano de su propia persona, y siente el zumbido fantástico del misterio, realmente no sabe quién es y para qué y dónde está, mira por la ventana y la ciudad, San Francisco, es el escenario desnudo, desolado e inmenso de alguna broma gigantesca que se perpetra contra ella. «Dándole la espalda, no sabía qué pensaba Ross, ni siquiera qué hacía.» No tenía una sola prenda encima, se había levantado de las sábanas satisfechas del hombre para detenerse frente al baño gris de la hora melancólica meditando qué hacer, adónde ir. Y cuanto más permanecía allí con el dedo en la boca, más le repetía él «¿Qué pasa, mujer?» (por último se aburrió de preguntárselo y la dejó tranquila donde estaba), y tanto más sentía ella la presión interna que quería estallar y la explosión que se acercaba; por fin dio un gigantesco paso hacia adelante tragando saliva aterrada, todo parecía claro, el peligro estaba en el aire, estaba escrito en las sombras, en el lóbrego polvo detrás de la mesa de dibujo en el rincón, en los cubos de basura, en el gotear gris del día que chorreaba a lo largo de la pared y entraba por la ventana, en los ojos hundidos de la gente, y salió corriendo del cuarto. «¿Qué dijo?»
«Nada, no se movió, pero apenas había alzado la cabeza de la almohada cuando volví a mirarla al cerrar la puerta; estaba desnuda en el callejón, no me importaba, estaba tan absorta en esta comprensión de todo, sabía que era una muchacha inocente». «Un bebé desnudo, diablos» (Y para mí: «Dios santo, esta muchacha, Adam tiene razón, está loca, yo no hubiera hecho nada parecido, el ataque me daría como la vez que tomé la benzendrina con Honey en 1945 y me creí que ella quería usar mi cuerpo para hacer andar el coche del grupo, y el derrumbe y las llamas, pero no cabe duda de que nunca saldría por las calles de San Francisco desnudo, aunque tal vez lo habría hecho si me hubiera parecido que se imponía una decisión inmediata, oh sí») y la miré pensando si estaría diciéndome la verdad. Estaba en el callejón, preguntándose quién era, de noche, en medio de una neblina que era casi llovizna, en medio del silencio de San Francisco dormida, los barcos de la bahía, la mortaja sobre la bahía de esas grandes nieblas de boca con garras, la aureola de luz cósmica y fantástica que se elevaba en medio de los anuncios luminosos y de Alcatraz, su corazón que latía rumorosamente en la calma, la fresca paz oscura. Subida a una cerca divisoria de madera, esperando, para ver si le llegaba alguna idea desde afuera, diciéndole lo que debía hacer ahora, y llena de importancia y de anuncios, porque debía ser exacta, y sólo una vez lo sería. «Un desliz en la dirección equivocada...», su manía de la dirección, decidir si debía bajar de un lado de la cerca o del otro, el espacio interminable que se extendía en cuatro direcciones, los hombres de sombrero negro que iban al trabajo por las calles lustrosas sin preocuparse de la muchacha desnuda escondida en la neblina, o si hubieran estado cerca y la hubieran visto se habrían detenido en círculo sin tocarla, simplemente esperando que las autoridades policiales vinieran y se la llevaran en el camión, con sus ojos desinteresados y fatigados, chatos de opaca vergüenza, observando cada una de las partes de su cuerpo, el bebé desnudo. Cuanto más tiempo se quede subida a la cerca, menos será capaz de decidirse por fin a bajar, y arriba, en el cuarto, Ross Wallenstein ni siquiera se mueve de la cama revuelta, imaginándola acurrucada en el vestíbulo de la casa, o tal vez se ha dormido nuevamente, envuelto en su propia piel. La noche lluviosa, descendiendo por todas partes, besando en todas partes a los hombres, las mujeres y las ciudades en un solo baño de triste poesía, con hileras de miel de Ángeles en la altura sonando las trompetas por encima de los finales, e inmensos como el Pacífico, cantos de Paraíso como mortajas orientales, un cese del temor aquí abajo. Se acuclilla sobre la cerca, la llovizna ligera perla sus hombros morenos, estrellas en su cabello, sus ojos salvajes ahora indios miran fijamente la Negrura con un vaho que emana de su boca morena, la desdicha como cristales de hielo sobre las mantas de los ponies de sus antepasados indios, la llovizna sobre la aldea india hace tanto tiempo, y el humo de los pobres que emergía arrastrándose de debajo de la tierra y cuando una madre afligida desgranaba maíz y lo hervía en esos milenios sin esperanza; el canto de la banda de cazadores asiáticos que atravesaba ruidosamente la última costilla de tierra de Alaska en dirección a los Aullidos del Nuevo Mundo (para ellos y ahora para los ojos de Mardou el Reino eventual del inca, del maya y del azteca vastamente brillante de serpientes de oro y templos tan nobles como Grecia, Egipto, las largas mandíbulas ralas y las narices chatas de los templos y el salto de esas mandíbulas al hablar hasta que los españoles de Cortés, los vagabundos y fatigados europeos de Pizarro, con sus afeminados bombachos holandeses, llegaron pisoteando las cañas de las llanuras para descubrir ciudades resplandecientes de Ojos Indios, altas, paisajísticas, buleváricas, ritualizadas, heráldicas, empavesadas bajo ese mismo Sol del Nuevo Mundo hacia el cual se elevaba el corazón estremecido), su corazón que latía bajo la lluvia de San Francisco, sobre la cerca, de cara a las verdades últimas, dispuesta a partir, a correr por la tierra y volver y replegarse nuevamente donde estaba y donde estaba todo, consolándose a sí misma con visiones de verdad, bajando de la cerca, avanzando de puntillas, descubriendo un zaguán, temblando, entrando subrepticiamente...


Fragmento de The Subterraneans (1958), de Jack Kerouac.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Sobre teatro, música, críticos, ignorancia y artistas idiotas

Toda representación teatral participa de la condición fluyente, huidiza, de la música. Se borra, a medida que transcurre. Va aniquilándose, cada noche, mientras se acerca a su forma definitiva. Cuando el drama ha terminado ya es irrecuperable. (Y quizá hubo una noche única en que Hamlet fue irrepetiblemente Hamlet, no digo el que escribió Shakespeare sino el único, el arquetipo; quizás unos iluminados músicos tocaron alguna vez, o tocarán, la Sinfonía 40, de Mozart). Pienso en esas transitorias estatuillas de tiza, que destruía Giacometti, nacidas para ser bellas sólo unas horas. Pienso en la vida, en suma.

Yo no vi ni veré ese Israfel ideal, pero vi (acabé de ver) su sentido, en un gesto de Alfredo Alcón, en un ensayo. Con ese gesto subió Israfel al escenario, y ése es el que quiero fijar ahora, para perderlo menos.

Suele negársele al dramaturgo autoridad para hablar de la puesta en escena. Muy razonable. Yo, por ejemplo, ignoro todavía cuál es la zona del teatro que los entendidos llaman foro. Cosa que no me resulta un gran obstáculo, lo confieso, para tener una idea general del mundo. A eso aludo cuando escribo sentido. Pensar puedo, aunque me resulte indescifrable el tablero de los spots. Pero también esta autoridad suele negársele al escritor, autoridad para razonar sobre su propia obra, vale decir, sobre sus propias ideas: que se supone estarán contenidas en ella. El artista es una especie de loco, una pitonisa; déjeselo inventar, en seguida vendrá un ensayista que lo explique. Parece que tal manera de entender las cosas -ya lo notaba Chestov, hace más de medio siglo- se la debemos a los críticos: el creador no es lo bastante lúcido; es necesario que haya gente para explicarlo, para indultar su obra, y así los poetas, sin darse cuenta de ello, deben aspirar ni más ni menos a la misma meta del crítico (León Chestov, La filosofía de la tragedia). Hay artistas algo idiotas, cierto, y yo conozco algunos. También hay escritores muy notables que juegan a ese juego de lo Inconsciente para no asumir sus propias ideas. No niego que lo irracional exista; ni ignoro que, en el caso del teatro, sólo la puesta en escena, al encarnar las palabras en seres vivos, dilucida y completa el significado último de un drama; sólo el actor y el director pueden expresar, iluminar un texto, y hasta engrandecerlo; pero sospecho que sólo el autor conoce, intelectualmente hablando, el intencionado porqué de sus palabras. De algunas, al menos: las que lo comprometen. Temo a los empresarios que decidan exhumar a Israfel sin que esté yo para defenderlo, de ellos, de imaginativos régisseurs, de actores con temperamento.

Y bien: Israfel no es una biografía de Poe; ni siquiera una biografía dramática. Es un drama, una obra teatral: una invención. Lo es, pongamos, ni más ni menos que Julio César, para decirlo de golpe. Y, en tal sentido, admite ser refutada por cualquier biógrafo ilustrado o prolijo historiador, hábiles en dudar si existían relojes de péndulo en la Roma de César, o pólvora en la Dinamarca de Hamlet, o si Ricardo III dijo la augusta música aquella sobre el caballo y el reino, que lo inmortalizó. Yo también noto, sí, que convocar a Shakespeare resulta temible, pero, si me ha sido deparada la impunidad de robarle una de sus más hermosas escenas sin que un cataclismo me hunda, no veo por qué sus descuidos históricos no podrán también apadrinarme con su ilustre sombra. Se entiende (espero) que no exalto las cualidades estéticas de Israfel, ya que ignoro si las tiene. Hablo de cómo es, no de cuánto vale. Y si para mi desventura fuera sólo una biografía, no se me perdone haber usurpado un género -el teatro-, quizá el único lenguaje humano que se arrima a la poesía (cuya alta fiesta a mí me está vedada) para rebajarlo al más subalterno ejercicio de la prosa: la crónica, la retórica de fichero.


Fragmento del posfacio (1966) a la obra teatral Israfel (1959 - 1961).
Ambos escritos por Abelardo Castillo.

Sad & Horny

Now your patrons have all left you in the red
Your low rent friends are dead
This life can be very strange
All those dayglow freaks who used to paint the face
They've joined the human race
Some things will never change
Son you were mistaken
You are obsolete
Look at all the white men on the street


You never came to me
When you were so inclined
Yes you could have told me everything you did baby
I know where baby's at
I know your filthy mind
Now you're gonna do me everything you did baby



Steely Dan, o la única banda capaz de cantar los dos versos de arriba en un mismo disco y sonar siempre sinceros.

(1) Fragmento de Kid Charlemagne
(2) Fragmento de Everything You Did
* Ambos en The Royal Scam (1976)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Himno a la Belleza

Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de l'abîme,
Ô beauté ? Ton regard, infernal et divin,
Verse confusément le bienfait et le crime,
Et l'on peut pour cela te comparer au vin.

Tu contiens dans ton œil le couchant et l'aurore ;
Tu répands des parfums comme un soir orageux ;
Tes baisers sont un philtre et ta bouche une amphore
Qui font le héros lâche et l'enfant courageux.

Sors-tu du gouffre noir ou descends-tu des astres ?
Le destin charmé suit tes jupons comme un chien ;
Tu sèmes au hasard la joie et les désastres,
Et tu gouvernes tout et ne réponds de rien.

Tu marches sur des morts, beauté, dont tu te moques ;
De tes bijoux l'horreur n'est pas le moins charmant,
Et le meurtre, parmi tes plus chères breloques,
Sur ton ventre orgueilleux danse amoureusement.

L'éphémère ébloui vole vers toi, chandelle,
Crépite, flambe et dit : bénissons ce flambeau !
L'amoureux pantelant incliné sur sa belle
A l'air d'un moribond caressant son tombeau.

Que tu viennes du ciel ou de l'enfer, qu'importe,
Ô beauté ! Monstre énorme, effrayant, ingénu !
Si ton œil, ton souris, ton pied, m'ouvrent la porte
D'un infini que j'aime et n'ai jamais connu ?

De Satan ou de Dieu, qu'importe ? Ange ou sirène,
Qu'importe, si tu rends, - fée aux yeux de velours,
Rythme, parfum, lueur, ô mon unique reine ! -
L'univers moins hideux et les instants moins lourds ?


¿Bajas del hondo cielo o emerges del abismo,
Belleza? Tu mirada infernal y divina
Confusamente vierte crimen y beneficio,
Por lo que se podría al vino compararte.

Albergas en tus ojos al poniente y la aurora,
Cual tarde huracanada exhalas tu perfume;
Son un filtro tus besos y un ánfora tu boca
Que hacen cobarde al héroe y al niño valeroso.

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?
Como un perro, el Destino sigue ciego tu falda,
Al azar vas sembrando el luto y la alegría
Y todo lo gobiernas sin responder de nada.

Caminas sobre muertos, Belleza, y de ellos ríes;
El Horror, de tus joyas no es la menos hermosa
Y el Crimen, entre todas tus costosas preseas
Danza amorosamente sobre el vientre triunfal.

La aturdida falena vuela hasta ti, candela,
Crepita, estalla y grita: ¡Bendigamos la llama!
El amante, jadeando sobre su bella amada,
Semeja un moribundo que su tumba acaricia.

Que tú llegues del cielo o el infierno, ¿qué importa?
Belleza, inmenso monstruo, pavoroso e ingenuo,
Si tu mirar, tu risa, tu pie, me abren las puertas
De un Infinito que amo y nunca conocí.

Satánica o divina, ¿qué importa? Ángel, Sirena,
¿Qué importa? Si tú vuelves -hada de ojos de raso,
Resplandor, ritmo, aroma, ¡oh mi señora única!-
Menos odioso el mundo, más ligero el instante.




Hymne à la Beauté (Himno a la Belleza), de Charles Baudelaire. En Les Fleurs du Mal (1857).

domingo, 14 de septiembre de 2008

Problema de base

"Así ocurre que cuando la ciencia social (...) elabora, por una parte, un concepto de sociedad liberal en el que las dos notas características de ésta son la libertad y la igualdad, y, por otra anula radicalmente el contenido de verdad de estas categorías en el marco del liberalismo dada la desigualdad existente en el poder social -ese poder que determina las relaciones entre los hombres-, no estamos ante tales o cuales contradicciones lógicas, eliminables mediante definiciones más correctas, o ante unas ulteriores limitaciones o diferenciaciones empíricas de una definición inicial, sino ante la constitución estructural de la sociedad en cuanto tal".


Theodor Adorno, fragmento de Sobre la Lógica de las Ciencias Sociales, citado por Alejandra Bertucci en el ensayo La Disputa del Positivismo en la Sociología Alemana, que forma parte del trabajo Los Filósofos y los Días: Escritos Sobre Conocimiento, Arte y Sociedad, compilado por Julio Moran.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Post no apto para bigotes delatores

¡Yo tengo mucho más onda que vos!
¡Yo uso la ropa de los Stones!
Yo no voy a tus fiestitas, yo no miro novelitas
¡El pibe del cordero bombilla me cae mal!

¡Yo no escucho Technotronic como vos!
¡Y en la calle tomo vino de cartón!
Yo me curto a tu hermana, yo me curto a mi hermana
¡El pibe del cordero bombilla me cae mal!



Rolingas precursores con humor y blues, y algo de Illya Kuryaki y de toda esa movida supuestamente renovadora de comienzos de los 90s (Babasónicos, Martes Menta, Los Brujos). Una declaración de principios hilarante, de la mano de los olvidadísimos Demente Caracol. Que, por otra parte, eran mejores que cualquier banda rollinga/stone berreta y destruida de hoy.

Sí, obvio. Igual son malísimos.

(Choca ver esto después del post anterior. En fin...)

jueves, 11 de septiembre de 2008

Reflexionar. Hablar claro. Luchar fuerte. Bourdieu contra la tecnocracia.

Estoy aquí para expresar nuestro apoyo a todos aquellos que luchan, desde hace tres semanas, contra la destrucción de una civilización asociada a la existencia del servicio público: civilización de la igualdad republicana de los derechos, a la educación, a la salud, a la cultura, a la investigación, al arte, y por encima de todo, al trabajo.

Estoy aquí para decir que comprendemos este movimiento profundo, es decir, la desesperanza y las esperanzas que allí se expresan y que también nosotros experimentamos; para decir que no comprendemos (o que comprendemos muy bien) a estos que no lo comprenden, como a este filósofo que, en el Journal du dimanche del día 10 de diciembre, descubre con estupefacción, "el abismo entre la comprensión racional del mundo", encarnada segun él por Juppé, así lo dice textualmente, "y el deseo profundo de la gente".

Esta oposición entre la visión de largo plazo de la "élite" esclarecida y las pulsiones de corto plazo del pueblo o de sus representantes, es típica del pensamiento reaccionario de todos los tiempos y de todos los países, pero adquiere hoy una forma nueva con la nobleza de Estado, que fundamenta la conviccion de su legitimidad en el título escolar y en la autoridad de la ciencia, principalmente económica. Para estos nuevos gobernantes de derecho divino, no solamente la razón y la modernidad, sino también el movimiento y el cambio, están del lado de los gobernantes, de los ministros, de los patrones o de los "expertos". La sinrazón y el arcaísmo, la inercia y el conservadurismo, del lado del pueblo, de los sindicatos y de los intelectuales críticos.

Es esta la certeza tecnocrática que expresa Juppé cuando escribe: "Quiero que Francia sea un país serio y un país feliz", lo cual puede traducirse como: "Quiero que la gente seria, es decir, las élites, los "enarcas", los que saben adonde esta la felicidad del pueblo, puedan realizar la felicidad del pueblo, incluso a pesar de él, es decir, contra su voluntad." En efecto, enceguecido por esos deseos, de los que hablaba el filósofo, el pueblo no conoce su felicidad, particularmente la felicidad de ser gobernados por gente que, como Juppé, conocen su felicidad mejor que él. Así piensan los tecnócratas y así entienden la democracia. Comprendemos que ellos no comprendan que el pueblo, en nombre del cual pretenden gobernar, descienda por las calles -¡colmo de la ingratitud!- para oponérseles.

Esta nobleza de Estado, que predica la desaparición del Estado y el reino sin reserva del mercado y del consumidor, sustituto comercial del ciudadano, se ha apropiado del Estado, ha hecho del bien público un bien privado, de la cosa pública, de la República, su cosa.

Lo que hoy está en juego, es la reconquista de la democracia contra la tecnocracia: hay que acabar con la tiranía de los "expertos" al estilo del Banco Mundial o del FMI, que imponen sin discusión los veredictos del nuevo Leviatán, "los mercados financieros", y que no pretenden negociar sino "explicar". Hay que romper con esa nueva fe en la inexorabilidad histórica que profesan los teóricos del liberalismo . Hay que inventar nuevas formas de un trabajo político colectivo, capaz de constatar las necesidades, principalmente económicas (lo que puede ser tarea de expertos) pero para combatirlos y, si es del caso, para neutralizarlos.

La crisis de hoy es una oportunidad histórica. Para Francia y sin duda para todos estos que, cada día mas numerosos, en Europa y en otras partes del mundo, rechazan esa nueva alternativa: liberalismo o barbarie. Trabajadores ferroviarios, empleados de correo, maestros, funcionarios de los servicios publicos, estudiantes y tantos otros, activa o pasivamente comprometidos en este movimiento, han planteado con sus manifestaciones, con sus declaraciones, con las innumerables reflexiones que han provocado y que las tapaderas de los medios han querido en vano asfixiar, problemas fundamentales, demasiado importantes para dejárselos a los tecnócratas, tan autosuficientes como insuficientes: ¿cómo restituir a los primeros interesados, es decir, a cada uno de nosotros, la definición aclarada y razonable del futuro de los servicios publicos, de la salud, de la educacion, de los transportes, etc., en relación, principalmente con aquellos que, en los otros países de Europa están expuestos a las mismas amenazas? ¿Cómo reinventar la escuela republicana, rechazando la instalación progresiva en la enseñanza superior de una educación con dos velocidades, simbolizada por las Grandes Escuelas y las facultades?

Es posible hacerse la misma pregunta a propósito de la salud o de los transportes. ¿Cómo luchar contra la precarización que golpea al personal de los servicios públicos y que conlleva formas de dependencia y de sumisión, particularmente funestas, en las empresas de difusión cultural, radio, televisión o prensa escrita por el efecto de censura que ejercen, incluso en la docencia?

En el trabajo de reinvención de los servicios publicos, los intelectuales, escritores, artistas, científicos, etc., tienen un papel importante que jugar. Primeramente, pueden contribuir a quebrar el monopolio de la ortodoxia tecnocrática sobre los medios de difusión. Pero pueden también comprometerse, de manera organizada y permanente, y no solamente en los encuentros ocasionales de una coyuntura de crisis, al lado de aquellos que están en condiciones de orientar eficazmente el futuro de la sociedad: asociaciones y sindicatos principalmente, y trabajar en la elaboracion de análisis rigurosos y de proposiciones inventivas sobre las grandes cuestiones que la ortodoxia mediático-política impide plantear. Pienso en particular en el tema de la unificación del campo económico mundial y los efectos de la nueva división mundial del trabajo o de la cuestión de las pretendidas leyes de bronce de los mercados financieros, en nombre de las cuales son sacrificadas tantas iniciativas politicas; en la cuestion de las funciones de la educación y de la cultura en las economías adonde el capital informático se ha convertido en una de las fuerzas productivas determinantes, etc.

Este programa puede parecer abstracto y puramente teórico. Pero se puede rechazar el tecnocratismo autoritario sin caer en un populismo en el que los movimientos sociales del pasado sacrificaron a menudo demasiado y que le hace el juego, una vez más, a los tecnócratas.

Lo que he querido expresar, en todo caso, y quizás mal, por lo que pido excusas a quienes pude haber escandalizado o aburrido, es una solidaridad real con aquellos que hoy se baten por cambiar la sociedad: pienso en efecto que no se puede combatir eficazmente la tecnocracia, nacional o internacional, si no es enfrentándola en su terreno privilegiado, el de la ciencia, principalmente económica, y, oponiendo al conocimiento abstracto y mutilado del cual ella se vale, un conocimiento, más respetuoso, de los hombres y de las realidades a las cuales ellos se ven confrontados.


Discurso pronunciado por el sociólogo Pierre Bourdieu el día 12 de diciembre de 1995, frente a los trabajadores en huelga reunidos en la Gare de Lyon en París.

(Extraído de acá.)

sábado, 6 de septiembre de 2008

Filosofía zappeana

It pays to make the U.S. school system a crock of shit because the dumber the people are that come out, the easier it is to draft them, make them into docile consumers, or, you know, mongo employees. There are plenty of yuppies out there with absolutely nothing upstairs. Graduate airheads with PhDs and everything but they don't know anything. And what do they listen to? Certainly not my records.

Les conviene hacer que el sistema educativo norteamericano sea una mierda porque mientras más estúpida es la gente que sale de ahí, más fácil es reclutarlos, convertirlos en consumidores dóciles o empleados mogólicos. Está lleno de yuppies con absolutamente nada en la cabeza. Graduados con la cabeza vacía, con doctorados y todo, pero que no saben nada. ¿Y qué escuchan? Sin duda, no mis discos.


Frank Zappa

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Derrumbamiento

Tomé un taxi. Reparaba ahora en que no tenía coche, y eso en una ciudad en que no había nadie, a partir de un sueldo determinado, que no lo tuviera (hasta mi colega Avandero tenía uno); en cualquier caso, tampoco habría sabido conducirlo. Nunca le había dado ninguna importancia, pero frente a Claudia ahora me sentía avergonzado. Y Claudia, en cambio, todo lo encontraba de lo más natural, porque -decía- un coche en mis manos seguro que habría sido un desastre; con gran contrariedad por mi parte, se enorgullecía de minimizar todas mis capacidades prácticas y de basar su estima por mí sobre otras dotes que, sin embargo, no se entendía cuáles pudieran ser.

Así pues, tomamos un taxi; me cayó en suerte un coche desvencijado, conducido por un viejo. Yo trataba de ridiculizar este aspecto destartalado, como de desecho, que inevitablemente tomaba la vida en torno a mí, pero ella no sufría por la fealdad del taxi, como si estas cosas no pudiesen afectarla, y no sabía si sentirme aliviado o bien abandonado más que nunca a mi destino.


Fragmento de La Nuvola di Smog (1959), de Italo Calvino.