miércoles, 28 de enero de 2009

Colores y reflexiones

Ese año el viejo trabajaba en Génova, tenía una contrata, y Pieretto debía ir a tomar los baños. Su hermana se marchó por aquellos días, y Pieretto quería que fuésemos los tres, también Oreste, para ver a un poco de gente. Pero estaba el otro proyecto de ir al pueblo de Oreste: en mi casa los excesos estaban mal vistos y el Po me excusaba del mar. Decidí quedarme solo en Turín, esperar a que en agosto regresaran los dos y luego echarnos la mochila a la espalda y ponernos en marcha.

No hubiera creído que aquel comienzo de verano en la ciudad me gustase tanto. Sin un amigo ni una cara por las calles, evocaba los días pasados, iba en barca, imaginaba novedades. La hora más inquieta era por la noche -se comprende, Pieretto me había viciado-, la más hermosa el mediodía hacia las dos, cuando las calles, vacías, no contenían sino una franja de cielo. Una cosa que hacía a menudo era fijarme en alguna mujer a la ventana, aburrida, absorta como solo las mujeres saben estarlo, y alzaba la cabeza al pasar, vislumbraba un interior, una habitación, una tira de espejo, llevaba conmigo aquel placer. No envidiaba a mis dos compinches que a esas horas vivían en la playa, en los cafés, entre bañistas bronceadas y semidesnudas. Seguramente se divertían mucho, pero volverían, y yo mientras tanto pasaba las mañanas, me bronceaba, sudaba, disfrutaba de mi parte. También al Po venían chavalas, chillaban desde las barcas, en las orillas del Sangone; a veces los areneros levantaban la cabeza y soltaban sus gracias, yo sabía que un día conocería a alguna, sucedería algo, me imaginaba ya sus ojos, sus piernas y sus hombros, una mujer estupenda, y remaba y fumaba en pipa. Era difícil sobre el agua, de pie, clavando el remo vertical, no dárselas de hombre atlético, primitivo, no escrutar el horizonte y la colina. Me preguntaba si la gente como Poli disfrutaría con aquellos placeres y comprendería mi vida.



Ahora pensaba en Oreste, que era el primer año que veía el mar. Pieretto no lo dejaría dormir y juntos los sabía capaces de cualquier cosa, desde bañarse desnudos hasta visitar las siete iglesias. Además estaban Linda y sus amigas, y estaba el padre, persona imprevisible y violenta. Yo añoraba ciertos despertares antelucanos y el paseo furtivo a lo largo del mar con la tibieza de las últimas estrellas. Ciertamente Oreste no habría necesitado condimentos para disfrutar con las vacaciones. Pero yo habría pagado por oírle decir de viva voz, llevándolo en barca por el Po, si aquel mundo lo convencía.

En cambio ni él ni Pieretto regresaron a Turín. Regresó Linda, que trabajaba en una oficina y me telefoneó a primeros de agosto.
- Oiga -me dijo-, sus amigos lo esperan en un pueblo que no sé cómo se llama. Aparezca por aquí y le daré las instrucciones.
Le dije en seguida un nombre: las colinas de Oreste. Era allí. Aquellos mamarrachos se habían ido ya.

Nos vimos antes de cenar, delante de su café. De momento no la reconocí, de negra que estaba. También esta vez me habló riendo, como se bromea con los chiquillos.
- ¿Me invita a un vermut? -me dijo-. Es una costumbre de la playa.
Se sentó cruzando las piernas.
- Mala cosa volver en agosto -suspiró-, feliz usted que no se ha movido.
Hablamos de aquellos dos.
- No sé lo que han hecho -dijo-, los dejé a su aire. Son bastante mayorcitos. Este año tenía mis amigos, gente madura, demasiado madura para ustedes...
- ¿Y Carlotta, la guapa Carlotta?
Linda se rió, con la boca muy abierta.
- Pieretto exagera a veces. Somos todos así, en familia. A mí también me ocurre. Somos tremendos. Pero con los años empeoramos.
No le dije que no y la miraba a hurtadillas. Ella se dio cuenta y me hizo una mueca.
- No tendré ya vuestros veinte años -rezongó-, pero tampoco tengo tantos.
- Viejo se nace -dije-, no se llega a ser.
- Esta es de las de Pieretto -gritó Linda-, de las auténticas.
Hice también yo mi mueca.
- Decimos una al día -rezongué-, hasta que nos hartamos.



Aquellos primeros días tenía aún en la cabeza que Gabriella me gustaba, que no había nada malo en estar cerca de ella. Solos, con Oreste y con ella, podíamos charlar sin que la sombra de Poli nos pusiera incómodos. No se nos pasaban por la cabeza ni él ni Rosalba, y si caía alguna alusión a aquellos días de Turín, Gabriella era la primera en sonreír. Pero la mayoría del tiempo hablábamos poco: Oreste como de costumbre callaba, yo no me fiaba del todo, sentía en ella como un despego, un juego superfluo; incluso cuando se reía batiendo palmas. Quizás Pieretto podía hacerle frente, pero también Pieretto se mostraba cauto. En el fondo, a mí más que nada me gustaba pensarlo, pensar que vivíamos en el Greppo y también ella vivía allí, que respiraba como nosotros el olor del monte. Lo más hermoso era cuando bajábamos a la gruta o a las viñas -comer fruta silvestre, tirarnos en la hierba, asarnos al sol. Siempre había una cuesta, un rinconcito, una maraña de plantas, que yo aún no había visto, tocado, absorbido. Estaba aquel vago olor de agosto, de salobre terrestre, más fuerte que en otros lugares. Estaba el placer de pensarlo de noche, bajo la gran luna que mermaba las estrellas, y sentir a nuestros pies, por todas partes, la colina secreta que vivía su vida.

Oreste nos nombró los animales del Greppo. Había urracas, arrendajos, ardillas, había algún lirón. Había liebres y faisanes. Para mí, ya los grillos y las cigarras me cantaban día y noche en la sangre, daban voz al verano, vivían. A veces su estruendo era tal que me causaba escalofríos -debía llegar a las serpientes, a las raíces subterráneas. Me preguntaba si los dueños del Greppo, no tanto Poli y Gabriella que no eran nada, sino el antepasado cazador y los guardas de antaño habían amado esta tierra, este monte salvaje, como a mí me parecía amarlo. Ciertamente, la habían poseído mejor que nosotros.

Una cosa me ayudó a entender la presencia de Gabriella. Le hablé de eso en mi interior, como a veces discutía en voz baja con Pieretto. Aquel abandono, aquella soledad del Greppo, era un símbolo de la vida equivocada de ella y de Poli. No hacían nada por su colina; la colina no hacía nada por ellos. El derroche salvaje de tanta tierra y tanta vida no podía dar otro fruto que no fuese inquietud y futilidad. Volvía a pensar en las viñas de Mombello, en el rostro brusco del padre de Oreste. Para amar una tierra es preciso labrarla y sudarla.

Habíamos vuelto a aquel quiosco al día siguiente, y allí la idea de Pieretto de que el campo huele a coito y a muerte, me hizo sonreír. Hasta el zumbido de los insectos aturdía. Y el frescor estuoso de la hiedra, la queja cloqueante de una perdiz. Los dejé a ella y a Oreste, que en la salita hundida pateaban y daban voces para levantar la perdiz, y salí afuera al sol.



Fragmentos de Il Diavolo sulle Colline (1948), de Cesare Pavese. Disponible en Argentina a través de Editorial Sudamericana (entre otras, imagino) bajo el título El Diablo en las Colinas.

martes, 27 de enero de 2009

Campo de Guerra Contra la Guerra

Campo di Marte
Campo di Guerra
Guerra incruenta
ma assoluta
contro
l'indifferenza
la stupidità
l'imbecillità
l'apolicità
la viziosità della falsa cultura
il perbenismo
il qualunquismo
l'agnosticismo
Campo di Marte
Campo di Guerra
contro
la guerra


Texto del primer, último y único disco de estudio de Campo di Marte, de 1973.

miércoles, 21 de enero de 2009

To murder my love is a crime
But will you still love
a man out of time?

martes, 20 de enero de 2009

El discreto encanto de la tontería

Es notable cuán alejado del auténtico surrealismo (si se considera "auténtico" al de ciertas obras de Dalí, Buñuel o Breton) está el concepto de surrealismo que tienen ciertas fantasiosas mentes contemporáneas. Y no lo digo porque sí, no: lo digo después de leer a numerosos interneteros definir como "surrealista" a Dude, Where's My Car?.

Conciso y demoledor

Ajusticiar a un culpable no requiere sino un pelotón o un verdugo. Impedir que haya culpables exige mucho ingenio. Rigor implacable para que no haya rigor.


Nadie elige su época, pero siempre nos toca la peor.


La base de una nueva educación sentimental, sexual y moral consistiría en abolir el egoísmo sexual de las parejas y asumir el cuerpo del otro como centro de la propia libido.


Hablar no es pensar. El pensamiento es silencioso, parco, retraído, discreto. La palabra-ruido está demasiado apegada a nosotros. Pensar es estar en discordancia con el mundo, con los otros, con uno mismo.


Las sátiras de Swift, los delirios visionarios del Bosco o de Swedenborg han sido superados en horror y crueldad por "la alucinación en marcha de la historia", como la definió Ciorán.


Genialidades de Augusto Roa Bastos, disponibles en su obra Metaforismos (1996), en la que el autor paraguayo selecciona y reúne "sentencias, máximas, proverbios, paradojas, parábolas, epigramas y divagaciones" propios, "entresacados de algunas de sus principales novelas, de borradores, cuadernos de apuntes y cartas escritas durante el proceso mismo de la creación literaria". Editado en Argentina por Seix Barral - Biblioteca Breve.

sábado, 17 de enero de 2009

La timidez (y los calcetines a la moda) de Folubert

Castigados por el ondulado rayo de sol que traspasaba el emparrillado de la persiana, los párpados de Folubert Sansonnet tenían, vistos desde adentro, un agradable color rojo anaranjado, y a Folubert le hacía sonreír su sueño. Estaba caminando con paso ligero por el blanco, mullido y cálido balastro del jardín de las Hespérides, y lindos y sedosos animales se acercaban a lamerle los dedos de los pies. En ese mismo momento se despertó. Del dedo gordo se quitó a Frédéric, su caracol amaestrado, y lo volvió a poner en la posición adecuada para que funcionase a la mañana siguiente. Frédéric refunfuñó, pero no dijo nada.

Folubert se sentó en la cama. A esa hora de la mañana acostumbraba a tomarse el tiempo de reflexionar para todo el día, evitándose así las múltiples desazones con que se enmarañan esos seres desordenados, escrupulosos e inquietos a quienes la mínima acción que deban emprender da pretexto para divagaciones sin número (perdóneseme la longitud de esta frase) y muy a menudo sin utilidad, pues acaban por olvidarlas.

Tenía que reflexionar sobre:
1) Cómo se iba a emperifollar.
2) Cómo se iba a alimentar.
3) Cómo se iba a distraer.

Y eso era todo, porque como era domingo, la búsqueda de dinero constituía un problema resulto ya.
Folubert reflexionó, pues, y en el orden mencionado, sobre aquellas tres cuestiones.

Se aseó cuidadosamente, cepillándose los dientes con vigor y sonándose la nariz con los dedos. A continuación se vistió. Los domingos comenzaba por la corbata y terminaba por los zapatos, lo cual constituía un excelente ejercicio. Sacó del cajón un par de calcetines a la moda formados por franjas alternadas: una franja azul, ninguna franja, una franja azul, ninguna franja, et caetera. Con aquel tipo de calcetines podía pintarse los pies del color que quisiera, color que quedaba a la vista entre las franjas azules. Como se sentía un algo apocado, eligió un bote de pintura verde manzana.

En cuanto al resto, se puso los indumentos de todos los días, así como una camisa azul y ropa interior limpia, pues estaba pensando en el tercer punto.

Desayunó un arenque en angarillas rociado con aceite dulce y un trozo de pan tierno como el ojo y, como el ojo, franjeado por largas pestañas rosadas. Por fin se permitió pensar en su domingo. Era el cumpleaños de su amigo Léobille y se celebraba una fiesta sorpresa en su honor.

Folubert se perdió en una larga ensoñación pensando en otras fiestas sorpresa. Sufría, en efecto, de complejo de timidez, y envidiaba en secreto la desenvoltura de los demás invitados del día: le hubiera gustado tener la ductilidad de Grouznié unida al ímpetu de Doddy, a la deslumbrante y encantadora elegancia de Rémonfol, a la atractiva tiesura del jeque Abadibaba y al lucífero desparpajo de cualquiera de los integrantes de la peña del Club des Lorientais.

Sin embargo, Folubert tenía preciosos ojos color castaña de Indias, una cabellera delicadamente lacia y una simpática sonrisa, que le permitía conquistar todos los corazones sin que él llegara siquiera a sospecharlo. Pero nunca se atrevía a sacar provecho de su agraciado físico, y permanecía siempre solo, mientras sus camaradas bailaban elegantemente con lindas mozas tanto el swing como el jitterbug o la barbette francesa.


Delirante fragmento de Fiesta en Casa de Léobille, cuento escrito en 1947 por el "ingeniero, cantante, trompetista, inventor, locutor, escenógrafo, traductor" Boris Vian. Disponible en la colección de cuentos póstuma Le Loup-Garou (1970). Se consigue en Argentina a través de Tusquets Editores, bajo el título El Lobo-Hombre.

Sol, playa, "uh-la-la" y locos parados al costado del camino

The sun struggles up another beautiful day
and I felt glad in my own suspicious way
Despite the contradiction and confusion
felt tragic without reason
There's malice and there's magic in every season

From the foaming breakers of the poisonous surf
The other side of summer
To the burning forests in the hills of Astroturf
The other side of summer

The automatic gates close up between the shanties and the palace
The blowtorch amusements, the voodoo chalice
The pale pathetic promises that everybody swallows
A teenage girl is crying 'cos she don't look like a million dollars,
so help her if you can
'cos she don't seem to have the attention span

Was it a millionaire who said "imagine no possessions"?
A poor little schoolboy who said "we don't need no lessons"?
The rabid rebel dogs ransack the shampoo shop
The pop princess is downtown shooting up,
and if that goddess is fit for burning
the sun will struggle up, the world will still keep turning

Madman standing by the side of the road saying
"look at my eyes, look at my eyes, look at my eyes, look at my eyes"
Now you can't afford to fake all the drugs your parents used to take
Because of their mistakes you'd better be wide awake

The mightiest rose
The absence of perfume
The casual killers
The military curfew
The cardboard city
An unwanted birthday
The other side of summer

The dancing was desperate, the music was worse
They bury your dreams and dig up the worthless
Goodnight
God bless
And kiss goodbye to the Earth
The other side of summer

El sol lucha para que sea otro día hermoso
y me sentí contento, a mi manera personal y sospechosa

Más allá de la contradicción y confusión
me sentí trágico sin motivo
Hay maldad y hay magia en todas las estaciones

Desde las grandes olas espumosas del surf venenoso
La otra cara del verano
Hasta los bosques ardientes en las colinas de Astroturf
La otra cara del verano

Las puertas automáticas se cierran entre los ranchos y el palacio
Las diversiones baratas, el cáliz vudú
Las promesas patéticas que todos se tragan
Una adolescente está llorando porque no parece de un millón de dólares,
así que ayudala si podés
porque no parece capaz de prestar mucha atención

¿Fue un millionario el que dijo "imagina si no existieran las posesiones"?
¿Un escolar pobre el que dijo "no necesitamos lecciones"?
Los perros rebeldes rabiosos saquean la perfumería
La princesa pop está en los suburbios inyectándose,
y si esa diosa cabe en el incendio
el sol va a luchar para salir, el planeta va a seguir girando

Un loco parado al costado del camino diciendo
"mirame a los ojos, mirame a los ojos, mirame a los ojos, mirame a los ojos"
Ahora no podés darte el lujo de fingir todas las drogas que consumían tus padres
Por sus errores más te vale estar atento

La rosa más fuerte
La ausencia de perfume
Los asesinos casuales
El toque de queda militar
La ciudad de cartón
Un cumpleaños indeseado
La otra cara del verano

El baile era desesperado, la música era peor
Ellos entierran tus sueños y desentierran a lo que no vale nada
Buenas noches
Que Dios te bendiga
Y decile adiós a la Tierra
La otra cara del verano


Letra de The Other Side of Summer, de Elvis Costello, disponible en Mighty Like a Rose, de 1991. Abajo, la letra traducida al español por mí. Tuve que mentir un poco (por ignorante, no por malintencionado; no quiero acusaciones del tipo "sos como Parsons traduciendo a Weber, gilastrún"), pero el sentido general se mantiene con decencia.

-> Si bien Mighty Like a Rose es un disco irregular, bastante a tono con otros de Costello de esa época, este tema me resulta genial. Música muy veraniega; letra devastadora.
-> Y como no puedo no "estar en la onda", dejo el link a YouTube al videoclip de la canción. Por dos motivos: primero, porque es divertidísimo; segundo, porque me da miedo lo parecido que soy a Costello cuando tengo la barba crecida y el pelo largo.

Un año después del llanto

Si vieras cómo te extraño
junto a las cartas que mandabas desde allá
En el trabajo,
que me sonríe y que me aplasta,
se me hace mate la esperanza,
y sin embargo noche a noche estoy aquí

Te escribo para pedirte
que un día de estos te me vengas para acá
En Buenos Aires
todo me duele, hasta el amor,
todo es trabajo de pintor,
y en la pintada está mi rabia por venir

Yo sé que el tiempo que pase me cambiará
Pero todo lo que fui
siempre vuelve a dar en mí,
y a golpearme en esta sola soledad
como el hacha da en el árbol
como el agua da en el mar

Si diera toda mi vida,
si acaso hablara como el viento te habla a vos,
tal vez sería
una mañana en ese río,
un rumor suave de verano,
y sin embargo noche a noche estoy aquí

Letra de Trabajo de Pintor, de Emilio Del Guercio, con colaboración de Sandra Russo. Disponible en el único disco solista de Emilio: Pintada, de 1983.

-> Otra vez Borda, en acústica, junto a Edu Zvetelman en piano, José Luis Colzani en batería, Ricardo Sanz en bajo, Raúl Barboza en acordeón, Hugo Romero en guitarra criolla. Y Emilio cantando.

Che Pibe Vení Volá

El sol trepaba por la oficina
y ella mintiendo de gris
Nada de sueños,
solo escribir y escribir
Ya no creía ni en Dios

Volaba de música
Volaba de vida
Volaba de amantes que nunca amó
Volaba a su casa
Volaba a cambiarse
Volaba a prender el televisor

Letra de Volando de Vida, canción de Raúl Porchetto disponible en el disco del mismo nombre, grabado en 1978.

-> En su versión completa -música incluida, se entiende-, se puede escuchar interpretado a hermosas tres guitarras, junto a Luis Borda y Pedro Aznar.
-> El álbum se reeditó hace cosa de un año, junto al bastante inferior, e inmediatamente posterior, Mundo, del año siguiente. Todavía espero reediciones decentes de Cristo-Rock, Porchetto y Chico Cósmico.

viernes, 16 de enero de 2009

Sonámbulos de Cristal

Hoy, la noche está cayendo lentamente.
Se desliza sobre el pueblo...
y la gente se acurruca con cuidado entre los animales de los establos.
En la fábrica están trabajando otra vez contra el miedo...
pero ellos saben que su trabajo es en vano.
Les dije que la fábrica se incendiará por la noche.
Pero, igual que sonámbulos, la gente camina hacia su perdición.


Hias, interpretado por Josef Bierbichler, en Herz aus Glas (1976), de Werner Herzog. Acá conocida como Corazón de Cristal.